El calendario ha consagrado la Pascua como la fiesta chocolatera por excelencia. Los pasteleros constatan que, año tras año, los tradicionales bizcochos con cobertura de mantequilla o de crema con frutas escarchadas están pasando a la posteridad. En su lugar, emergen figuras de chocolate que reproducen, con más o menos simpatía, los personajes mediáticos de la temporada.
Por el contrario, otros chocolateros dejan a un lado los personajes de moda y se inclinan por el símbolo pascual más tradicional: el huevo. Entre ellos, el maestro chocolatero Xavier Cordomí, de la bombonería Blasi de Barcelona, que apuesta por huevos personalizados. «El padrino trae un pequeño regalo que luego se pone dentro de un huevo de chocolate, que también lleva el nombre del ahijado en la cobertura», explica.
Cordomí desciende de un dulce linaje que desde hace más de 100 años dedica su vida al chocolate. Fue en 1877 cuando su bisabuelo, Joaquim Cordomí, empezó a trabajar como aprendiz de chocolatero. De hecho, en la bombonería Blasi, ubicada en la calle de Alfons XII, se conserva la piedra de moler cacao que compró el bisabuelo pionero. También guardan moldes y utensilios de trabajo de la época. Muchos aún se utilizan, y otros se exponen en el Museo del Chocolate de Barcelona.
Xavier Cordomí comenta que su característica es elaborar el chocolate siguiendo el modo de trabajar más tradicional. Entre sus especialidades, destaca el Montblanc, una trufa de kirsch con cobertura de chocolate negro y la punta bañada con chocolate con leche. Su composición es la misma desde hace tres generaciones.
Pero Cordomí también es partidario de las innovaciones. Entre sus creaciones, un bombón que sólo elabora por Cuaresma, inspirado en los populares buñuelos de viento. De hecho, este bombón comparte con los buñuelos algunos ingredientes. Entre ellos, un chorro de rissolí (licor del Empordà) y la matafaluga (matalahúga).
Cuando finaliza la Pascua, el rincón favorito de muchos chocolateros seguirá siendo alguna de las granjas que, desde hace décadas, sirven con mimo el chocolate a la taza. En Barcelona, se llevan la palma Dulcinea y La Pallaresa, en la calle de Petritxol, y la Granja Viader, que en los años treinta vio nacer el Cacaolat.
